domingo, 20 de noviembre de 2011

Capítulo 7

Fuego

G
racias al pequeño Gigante, los jóvenes llegaron a una cueva en la montaña.
-Este ser portal, llevar casa.- dijo Yeyi mientras se agachaba y entraba a la oscura cueva.
Adrián detuvo a Cristian antes de entrar.
-¿Confías en este Gigante?- dijo Adrián cuando Yeyi se encontraba alejado.
-Claro, es un niño, no tiene maldad en su interior.- le confesó a su amigo.
Sin más que decir, entraron. El frío y las gotas heladas molestaban a los jóvenes. El túnel eran angosto y algunas estalactitas eran tan largas que debían esquivarlas aplastándose contra las paredes. Deambularon durante un tiempo que sintieron infinito y agradecieron al Ángel al ver el sol de nuevo. Sin embargo, su alegría fue corta pues el escenario los espantó. Era un pequeño campo de batalla aunque los restos demostraban que nadie atravesaba ese lugar hace tiempo. El suelo seco estaba decorado con grietas, pequeños arbustos y esqueletos, muchos. Había montones de troncos de árboles secos, arrancados de raíz y usados como armas.
-Cíclopes pelear todo el tiempo con gigantes. Siempre guerras terminar igual. Muertos todos.- dijo el gigante con angustia.
-¿Por qué pelean?- preguntó Adrián esquivando cadáveres.
-Terreno. Cíclopes querer usar fuego del volcán para armas. Gigantes usar volcán para cuidar Fénix.-
El pequeño Yeyi había dado el dato que los jóvenes buscaban. Ahora estaban más seguros que su meta estaba cerca. Deambularon atreves del campo hasta que la tierra comenzó a vibrar. Segundo a segundo las vibraciones eran más fuertes. Yeyi comenzó a gritar desesperado de tal forma que Adrián y Cristian tuvieron que taparse los oídos.
-¡Qué se calle!- gritó Adrián a todo pulmón.
-¿¡Qué!?- le respondió Cristian.
No hubo tiempo para más discusiones, Yeyi agarró a los jóvenes, los levantó del suelo y echó a correr. Corrió tan deprisa que en unos minutos llegaron al pueblo de los Gigantes. No había casas, ni edificios. Sólo un gigante templo al fondo de todas las enormes carpas. Estas eran muy sencillas, de cuero y cónicas. Era notorio que los gigantes no buscaban comodidad, sólo algo para cubrirse de las pocas lluvias. Alrededor del campamento se encontraba una gigante zanja llena de lava y una barricada. Si bien su detalle era pobre y simple, su grosor y altura hacía que la Muralla China se viera torpe.
No era un hermoso lugar ni tampoco lo era el recibimiento  que los jóvenes tuvieron. Una estampida de gigantes corrió hacia ellos
-¡Pensar que ser espías!- dijo Yeyi con miedo.
Cristian y Adrián se miraron confusos, pues era notorio que ellos no eran cíclopes. Sin embargo, no hubo tiempo de discutir ya que un gigante alzó a los jóvenes con sus enormes manos, asfixiándolos. Entre los gigantes se gritaban y gruñían. Adrián buscó a Yeyi para que traduzca pero no lo encontró, lo habían perdido entre la multitud.
-Estamos jodidos, negro.- dijo Cristian con voz asfixiada.
No me voy a morir, ¡Mierda que no! No voy a terminar aplastado. La tierra no puede ser domada, ¡no! Nadie puede domar al Espíritu de la Tierra.
Esos fueron los pensamientos que azotaron la mente de Adrián. No era el mismo, por un instante sintió que su interior se partía en pedazos. Sentía poder sobre la tierra y notó que el agarre del gigante era paupérrimo, no tenía la fuerza necesaria.
Un segundo escaso fue necesario para que le joven comprendiera. Se había liberado el Espíritu de la Tierra.
Nadie notó que Adrián había sufrido aquella transformación, por lo que se sorprendieron al ver que Adrián se removió y logró zafarse del agarre. Cayó al suelo después de una caída de 5 metros y ni siquiera lo sintió. Se sorprendió y entendió que ahora tenía una resistencia mucho mayor a la de una persona normal. No obstante, los gigantes volvieron a capturarlo. Podría escapar de uno, pero no de toda una legión. Estos optaron por llevarlos al templo, entre gritos y golpes, y que el líder decida que hacer con los intrusos.
Entraron al templo, escoltados por un gigante y no era lo que ellos esperaban ver. No, era solo un cuadrado enorme rodeado de columnas de piedra que sujetaban un techo agrietado. El lugar estaba iluminado por la luz de la lava. Ésta pasaba por pequeños canales  y dejaban paso a un asiento gigante. Ahí estaba el líder y detrás de éste, bajo un cono de luz solar, un huevo rojo y dorado.
-El Fénix…- susurró Cristian.
-Sí, el huevo del ave Fénix.- dijo el anciano líder con esfuerzo. Era tan grande como su asiento, y eso era mucho decir. Su rostro arrugado y su cana pelambrera demostraban que el líder llevaba mucho tiempo gobernando.- Por generaciones, mi familia cuidó de él. Soy Rakgnaron, líder de la tribu de los Gigantes de las montañas. ¿Quienes son y qué buscan en estas secas tierras?-
Adrián y Cristian se miraron a los ojos. Ambos sabían que sería mejor que Cristian llevara acabo la discusión.
-Señor, somos los Hijos de las Lágrimas. Venimos desde Ismantos, reino de Fraentos, el rey dios.- comenzó Cristian.- Atravesamos la isla en busca del huevo del Fénix, puesto que nuestro rey necesita de los poderes del ave para vencer en la batalla.-
-¿Una batalla? Hmm… el viejo Fraentos, creo que los milenios han torturado su mente. ¿Cree acaso que con enviar a dos simples mortales bastará para que abandone el preciado huevo? Já.- respondió el líder.- Un hijo de la lágrima, por favor… ni siquiera pueden utilizar sus poderes para liberarse de mis guardias. No lo creo…-
-Lo somos, de verdad, las Lágrimas nos eligieron.- dijo Cristian, comenzaba a ponerse nervioso.- ¡En nombre del rey Fraentos le pido el huevo del Fénix!-
El anciano líder se levantó de su asiento. Su cabeza llegaba a rozar el techo del templo.
-Nadie con algo de inteligencia osa hablarme así. ¡Al volcán! ¡Al volcán ambos!- gritó el líder y luego lanzó alaridos y ruidos extraños.
-¡NO!- gritó Adrián. Comenzó a correr hacia la salida, pero el gigante lo agarró y esta vez, con más fuerza que antes.
-No intentes escapar, será inútil.- dijo el Líder.
Los jóvenes fueron enviados a la cima de la montaña, atados de pies y manos. El cielo se teñía de naranja con el correr de las horas. Hacía mucho calor ahí arriba y todos estaban presentes. Todos ansiaban ver como se impartía justicia.
Nadie habló, ni siquiera Yeyi, cuando Adrián lo miró fijo a los ojos una vez que lo encontró llorando entre la multitud. El líder optó por acabar primero con Cristian, pues él había cometido la falta. Cuando este se encontró en el límite, miró a Rakgnaron
-Irás primero. Si de verdad eres el Hijo de la Lágrima, el volcán no te hará daño. Bueno, si es que eres el de Fuego, claro.-
El joven no pudo refutar, el gigante lo había empujado. Cayó al volcán y esperó a la muerte. Lo único que sucedió fue que se hundió en la lava como si se hubiese arrojado al mar en verano. La lava no le quemaba, al contrario, se sentía más fuerte que nunca. Fue entonces cuando algo en su interior, algo tan esperado, brotó. El fuego corrió las venas de Cristian, quemando todo a su paso y una voz invadió su mente.
Nadie puede apagar el incendio que genera mi fuego.
Y finalmente sucedió. El espíritu del fuego se había despertado.
Al mismo tiempo, el huevo guardado en el templo, se rompió. De él salió el Fénix, de alas rojas y doradas. El ave voló y atravesó el techo del templo, el pueblo y llegó hasta el volcán para luego zambullirse. Nadó y abrazó al joven que yacía en trance, sufriendo la transformación. El Fénix atrapó a Cristian y lo sacó del volcán con un aleteo. Todos gritaron de emoción al ver al Fénix despierto, con sus alas extendidas y un joven dormido en sus patas. El ave chilló al transformarse en una especie de humo y desaparecer dentro de Cristian. Éste quedó acostado delante de Adrián por unos segundos, hasta que tosió y despertó.
Rakgnaron miró perplejo a los jóvenes. Cuando los guardias intentaron atraparlos, Cristian se levantó y lanzó enormes lenguas de fuego mientras que Adrián levantó rocas del tamaño de casas, y las arrojó a los gigantes.
-¡Deteneos! Esta bien, ustedes son los Hijos de las Lágrimas. Ahora lo creo,  no puedo negar los hechos. Mis disculpas, señores, todo fue un mal entendido.- y el líder se arrodilló antes los jóvenes. Luego, los demás gigantes lo imitaron.
- Rakgnaron, ahora que todo esta aclarado, necesitamos pedirte algo más. Mi tierra esta siendo acosada por Osaldras, el Señor de las Sombras, y no tenemos las suficientes fuerzas para detenerlo. Las Lágrimas peligran, necesitamos la ayuda de tu gente para pelear.- Cristian hablaba con tono alto y solemne, ahora que la transformación había ocurrido, absorbió la fiereza del fuego y no se sentía tan intimidado.
-Hijo del Fuego, pides demasiado. No puedo arriesgar a mi gente, además, si voy, los cíclopes vendrán a mis tierras y nos arrebataran lo nuestro. Perdón, pero mi tierra esta primero.-refutó el líder.
-Claro, yo entiendo. Pero… ¿sabes que va a pasar cuando Osaldras destruya Ismantos? La tierra entera se consumirá. El fuego, el agua, el viento, la tierra y la luz van a desaparecer. La Tierra será una roca oscura y llena de maldad. Osaldras irá primero a Ismantos, luego acabará con el resto. No quedará tierra por la cual pelear.- explicó Cristian.
El líder miró al cielo, luego al suelo y finalmente a su gente. Asintió con la cabeza.
-Sí, iremos, pero dejaré un pequeño grupo para cuidar al resto de nosotros. Envía mis saludos al rey.- Luego los gigantes alzaron sus garrotes y comenzaron a gritar.


bidi-fo� � a i �"8 ��7 color:#333333'>-¿Debería yo ayudarte? ¿Arriesgaría a mi gente por ti?- dijo sarcástica la reina.- No lo creo, Fraentos. Me importa muy poco lo que le suceda a ti y a tu hogar. Al ayudarte, arriesgo a mi reino.-

-Osaldras atacará con tritones del sur.- refutó Fraentos.
Los tritones del sur eran los enemigos de la reina Europa, pues esta los había desterrado antaño, debido a su intento de apoderarse con el trono. Los tritones del sur se diferenciaban de los demás ya que se habían tatuado el cuerpo con conjuros para incrementar su fuerza y tamaño.
-¿Y qué? Tu reino yace lejos del mío.- dijo Europa tenaz.
-¡No seas terca Europa!- gritó Fraentos.- Si mi reino cae, todo lo que conoces caerá también! La Lágrima del Agua será destruida, ¡Tú sabes que sucederá luego!-
La reina se despegó del trono. Nadó en círculos con extremado miedo. Si la lágrima era destruida, el agua desaparecería junto a las criaturas marinas pues estas estaban ligadas al agua.
-Mi reina.- dijo Dalila con timidez.- Por favor, por mí, ayúdenos a defender las Lágrimas.-
Europa quedó en silencio durante unos minutos. La lucha interna que se libraba en ella la estaba agotando.
-Lo… lo pensaré.- dijo finalmente mirando al suelo. Odiaba demostrar debilidad.- Ahora váyanse de mi reino.-
Fraentos iba a quejarse, pero Admete nadó velozmente a su oído.
-No la enfurezca, Fraentos. Cederá. Le duele el orgullo, déjela tranquila y acceda a marcharse- le susurró tan bajo que solo el rey pudo oírla.
-Muy bien, nos vamos. Adiós, reina Europa.- dijo Dalila.
Fraentos, Dalila y Admete nadaron con rapidez hacia las afueras del mundo de las sirenas. Las luces de la ciudad, su brillo, comenzaba a menguar.
-Algo extraño ha sucedido… debo…debo quedarme.- dijo Admete adolorida.- El poder de Osaldras llega hasta mi mundo.- ahora la sirena miraba a Fraentos.- Por favor Fraentos, defienda bien su hogar, pues los hogares de todos dependen de ello.- y luego se marchó.
Dalila y el rey se miraron estupefactos. El fin estaba cerca. 

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