Despertar
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a Tierra no siempre fue como cuentan los humanos, para salvar su mente olvidaron sus principios. Apenas estaba habitada, sólo era una gran manta de tierra firme. Los pocos humanos que habitaban la Tierra poco vivían. Sin embargo, Osaldras, el Señor de las Sombras, deseaba apoderarse del planeta. No le llevó ninguna dificultad lograr que en la Tierra reinase el caos y la destrucción. Los humanos fueron capturados y abusados. Eran tratados de esclavos y bufones.
Nadie sabe cuando, pero sí se sabe que un ángel de luz pura pasó cerca de la Tierra. Los ángeles eran criaturas inocentes, confiaban en la bondad absoluta. Éste al ver aquél caos se conmovió de los humanos. La maldad que emergía del planeta era tan triste y desalentadora que el ángel comenzó a llorar. Sus lágrimas se dispersaban en el vacío, pero cinco diminutas gotas llegaron al planeta. Cada una se fue transformando en un espíritu puro y sincero. Así surgieron el espíritu del Agua, la Tierra, el Fuego, el Aire y la Luz.
Las sombras, aterradas de sus invitados, invocaron a su rey Osaldras para arreglar la situación. El rey de las sombras ordenó capturar a los espíritus pero estos se defendieron. El espíritu del Agua creó gigantescas olas; la Tierra elevó el terreno creando montañas; el Aire envió fuertes ráfagas de viento y el Fuego atrapaba a las sombras dentro de las montañas.
La batalla duró poco. Los espíritus derrotaron las sombras con facilidad, desplazándolas a la parte más oscura del planeta, liberando a los humanos. Sólo quedaba Osaldras, que había logrado evitar a los espíritus. Éste, totalmente enfurecido y rencoroso, atacó al espíritu de la Luz. A la Luz sólo le bastó un movimiento y atrapó al rey de las sombras. Furioso, lanzó una maldición sobre los espíritus transformándolos en cristales de lágrimas.
El ángel revisó el planeta nuevamente y vio que sus espíritus habían desaparecido dejando los cristales de lágrimas, por ende, creó con su magia a un ser divino. Para no desentonar, lo creó con forma humana pero con poderes capaces de controlar los elementos. Lo envió a proteger a los cristales y humanos de los ataques de la oscuridad. Fue así como nació Fraentos.
Pasaron los años en el planeta Tierra y no sólo humanos la habitaban. Gracias a la magia del dios, muchas de las criaturas conocidas como “mitológicas” recorrían el planeta, pero esto a gran parte de los humanos no les agradaba. Entonces los humanos se dividieron en dos culturas, los seguidores de Fraentos y los “Evolutivos”. Estos ignoraron las leyendas de sus antepasados, comenzando a crear nuevas historias relatando a los humanos como seres que evolucionaron desde organismos unicelulares, mientras que los fieles seguidores respetaban las leyendas antiguas y a las criaturas. El abismo de diferencias entre ambos grupos era tal, que las batallas entre los diferentes pueblos eran diarias.
Aterrado, Fraentos, juntó a un grupo de sus seguidores y criaturas en una enorme isla del Océano Atlántico. Aún así sintió preocupación por su gente, por lo que encerró la isla en una gran burbuja de aire para luego sumergirla en el océano. Desde entonces se creó en un mismo planeta dos mundos. Arriba, los humanos y su encaprichada forma de ver las cosas; abajo, un mundo donde la magia era algo presente en todos, donde un rey dios seguía cuidando a su gente.
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La suave brisa recorría la isla de Ismantos. Los árboles mecían sus hojas con sutileza, las flores despedían sus delicados aromas, todo en una perfecta armonía. Aún bajo agua, el sol iluminaba radiante a la isla. Las casas de mármol grisáceo estaban solas, pues los habitantes debían ir a trabajar a los campos de cultivos, las minas de oro infinito, el puerto, el mercado, etc.
Algo realmente sorprendente en la isla, era su enorme castillo. Allí vivía el rey dios, junto a sus más fieles seguidores y amigos. Sí, con el correr del tiempo el rey se había hecho amigo de algunos isleños. Para empezar, era un castillo completamente hecho de marfil rodeado de una muralla de piedra azul. Sus torres imponentes dejaban ver toda la isla. Su jardín era un tesoro para el rey. Ahí era donde pasaba la mayor parte de su tiempo, pensando y meditando. El jardín se dividía por pequeños canales de agua cristalina unidos por puentes de mármol. En el centro había un kiosco dónde el rey se sentaba y contemplaba el lugar. Luego había montones de flores esparcidas, arbustos de mediana altura, enredaderas de hojas rojizas trepando las bisagras del kiosco.
Fraentos se encontraba de pie, apoyado sobre una de las barandas del kiosco. Jugueteaba pensativo con un poco de agua de los canales entre sus dedos. Finalmente llegó la persona en la que él más confiaba, en la que encontraba refugio; Lidda.
-Llevas mucho tiempo ya, ¿estás bien?- preguntó calmada.
-Sí, sólo que siento que algo malo se acerca.- respondió Fraentos con voz ronca de pasar tiempos sin hablar.
-¿Algún cambio climático importante? Vamos… llevamos décadas peleando contra la contaminación humana, ¿crees que perdemos fuerzas?- dijo Lidda ahora preocupada.
-No, Lidda, no es sobre la contaminación. Es algo… más poderoso y peligroso.- dijo Fraentos en un susurro.
Lidda se quedó en silencio sospechando los peligros que podrían alarmas a su rey.
-Las sombras…- dijo ahogando un grito al darse cuenta.
El rey dios asintió.
-Algo va mal.- afirmó. Luego miró a la torre más alta del castillo.
Una explosión sonó a lo lejos, dejando a la isla vibrando por unos segundos. El cielo se oscureció y por un momento, se sintió una fuerte depresión. Fue entonces cuando llegó un grupo de guardias. Llevaban armaduras plateadas, portaban lanzas y espadas de cristal. Sus rostros estaban resguardados por los yelmos alados.
-¡Mi señor!- gritó uno de ellos, asustado.
-¡No tengo tiempo para explicarlo!- dijo Fraentos con las pupilas dilatadas. Luego miró a su amiga.- ¡Está libre!-
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